Desafíos
¿Cuáles son los desafíos del liderazgo en las empresas? Hoy y mañana. ¿Qué líderes necesitamos? En estas páginas encontrarás el puntapié inicial de nuestra propuesta y una reseña bibliográfica para alimentar la reflexión. “Desafíos” fue la idea de un newsletter primero, la de un blog después y finalmente la de una mesa de debate. Hoy esperamos que sea todo eso junto.

Zygmunt Bauman

19/09/17 Reseñas # ,

De la ética del trabajo a la estética del consumo ll

Retomamos en esta edición el trabajo de Horacio Bolaños sobre la obra de Zygmunt Bauman.

 

Consumo y educación

Ahora bien, este conjunto de habilidades del “buen consumidor” ¿dónde se aprenden? La espontaneidad, el dejarse tentar, el estar alerta ante lo novedoso, lo divertido, lo instantáneo ¿requiere de formación previa? ¿Es preciso capacitarse, estudiar, entrenarse para ser un efectivo integrante del conjunto de los consumidores? ¿Son necesarias instituciones como otrora las fábricas, los talleres, los cuarteles (temporariamente obligatorios) para modelar a los nuevos agentes sociales? Todo parece indicar que las respuestas a estos interrogantes son negativas. Es el mismo mercado el que moldea a sus actores diestros y exitosos. ¿Es de extrañar entonces la crisis de nuestro sistema educativo?

Como el conocimiento requerido para las elecciones –fugaces- en el mercado es empírico, se procuran recetas y no fundamentos, reacciones y no deducciones, aproximaciones y no precisiones. ¿Puede extrañar, entonces el éxito de los gurúes, los falsos profetas, los brujos y los traficantes de paraísos químicos?

 

La estética del consumo

La sociedad de consumo es la sociedad de las sensaciones, de los estímulos, del vértigo. Por ello habla Bauman de la estética: “El consumo, siempre variado y rico, aparece ante los consumidores como un derecho para disfrutar y no una obligación para cumplir”. Los consumidores se guían por intereses estéticos, no por normas éticas. Porque es la estética, no la ética, el elemento integrador en la nueva comunidad de consumidores. La sociedad de la producción asignaba un valor central al trabajo bien realizado, la estética premia más las experiencias cortas e intensas. El cumplimiento del deber tenía su lógica interna que dependía del tiempo y por eso lo estructuraba, le otorgaba una orientación, le confería sentido a nociones como acumulación gradual o demora de las satisfacciones. Ahora en cambio, ya no hay razones para postergar la búsqueda de nuevas experiencias; la única consecuencia de esa demora es la pérdida de oportunidades, porque la oportunidad de vivir una experiencia no necesita preparación ni la justifica; llega sin anunciarse y se desvanece si no se aprovecha.

Como del futuro se espera que depare cada día nuevas y más sorpresas a ser satisfecha de manera inmediata, tanto el ahorro como la previsión pierden su atractivo. Por lo tanto, tratar de anticipar el futuro, programándolo, le quita el encanto de la sorpresa y el vértigo.  ¿Es de extrañar, entonces la crisis de los sistemas jubilatorios?

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05/09/17 Reseñas # ,

De la ética del trabajo a la estética del consumo

Horacio Bolaños es Licenciado en Filosofía de la UBA. Ha sido Gerente de Capacitación y Desarrollo en Xerox Argentina, en ESSO Argentina y en Grupo Quilmes. Los últimos años fue Director en Great Place to Work de Argentina, Uruguay y Paraguay. En las siguientes dos ediciones, publicamos de su pluma, un agudo análisis sobre la obra de Zygmunt Bauman.

 

Con este llamativo título comienza Zygmunt Bauman el segundo capítulo de su libro Trabajo, consumismo y nuevos pobres[1].  Bauman fue profesor emérito de la Universidad de Leeds (GB) y un prestigioso pensador de las ciencias sociales que se especializó en el análisis de las transformaciones del capitalismo tardío (o posmodernidad). En las líneas siguientes trataremos de presentar los puntos salientes de su análisis de ese trabajo e intentaremos aportar algunas reflexiones sobre el tema.

El título nos obliga, primero a recordar las diferencias entre ética y estética. La ética es la reflexión filosófica (es decir, sistemática y crítica) sobre el fundamento de las normas morales. Su campo es el del deber ser.  La estética, por su parte, en la concepción tradicional, es la reflexión filosófica sobre los fundamentos del arte, las preferencias, las sensaciones. Su campo, al menos en el sentido con que lo utiliza Bauman, es el de las experiencias de los sentidos.

 

La ética del trabajo

 Al hablar de ética del trabajo, Bauman se refiere a los valores centrales que necesitó articular la sociedad occidental a partir de la revolución industrial. Sin una valoración del esfuerzo, del trabajo organizado, de la disciplina, de la postergación del disfrute, no hubiera sido posible estructurar organizaciones como los grandes centros fabriles de donde surgieron las rugientes locomotoras, los deslumbrantes transatlánticos o las contaminantes usinas eléctricas, características de los primeros años del siglo XX. Por tal motivo, la sociedad de nuestros abuelos y bisabuelos también se la entiende como la sociedad de la producción, dado que sus integrantes se dedicaron, principalmente, a ella.

La manera en que aquella sociedad formaba a sus integrantes estaba dada por la necesidad de desempeñar el papel de productores, por lo tanto, la obligación que se imponía a sus miembros era la de adquirir la capacidad y la voluntad de producir. Pero producir de manera serial, mecánica, masiva y reiterativa.

Por eso, la forma en que aquellas organizaciones moldeaban a la gente procuraba comportamientos predecibles y pautados. La fragmentación de las tareas en pasos simples aseguraba el intercambio impersonal de sus ejecutantes.  Es por estas características que, tal como señala acertadamente Peter Druker, el modelo militar de los cuarteles territoriales y del servicio militar obligatorio fue un patrón rápidamente adoptado por las incipientes fábricas de producción seriada.

La “ocupación“ de las personas ayudaba a que éstas encontraran una identidad y su ubicación en la estructura de la sociedad. Los obreros, los supervisores, los gerentes o los propietarios constituían grupos separados con pautas de vida homogéneas entre sí, hecho que permitió el origen del concepto de clase social. La clase, a su vez, condicionaba fuertemente las vocaciones y el proyecto de vida. Continuar leyendo

06/06/17 Reseñas # , ,

Vivimos en dos mundos paralelos y diferentes: el online y el offline

Vivimos en dos mundos paralelos y diferentes: el online y el offline

Resumen de artículo de Zygmunt Bauman- mayo 2014

 

Elegí llamar ‘modernidad líquida’ a la creciente convicción de que el cambio es lo único permanente y la incerteza la única certeza. La vida moderna puede adquirir diversas formas, pero lo que las une a todas es precisamente esa fragilidad, esa temporalidad, la vulnerabilidad y la inclinación al cambio constante.

La incertidumbre es nuestro estado mental que está regido por ideas como “no sé lo que va a suceder”, “no puedo planificar un futuro”. El segundo sentimiento es el de impotencia, porque aun cuando sepamos qué es lo que debemos hacer, no estamos seguros de que eso vaya a ser efectivo: “no tengo los recursos, los medios”, “no tengo el poder suficiente para encarar el desafío”. El tercer elemento, que es el más dañino psicológicamente, es el que afecta la autoestima. Uno se siente un perdedor: “no puedo mantenerme a flote, me hundo”, “son los demás los exitosos”. En este estado anímico de inestabilidad, maníaco, esquizofrénico, el hombre está desesperado buscando una solución mágica. Uno se vuelve agresivo, brutal en la relación con los demás. Usamos los avances tecnológicos que, teóricamente deberían ayudarnos a extender nuestras fronteras, en sentido contrario. Los utilizamos para volvernos herméticos, para cerrarnos en lo que llamo “echo chambers”, un espacio donde lo único que se escucha son ecos de nuestras voces, o para encerrarnos en un “hall de los espejos” donde sólo se refleja nuestra propia imagen y nada más.

Hoy vivimos simultáneamente en dos mundos paralelos y diferentes. Uno, creado por la tecnología online, nos permite transcurrir horas frente a una pantalla. Por otro lado, tenemos una vida normal. La otra mitad del día consciente la pasamos en el mundo que, en oposición al mundo online, llamo offline. Según las últimas investigaciones estadísticas, en promedio, cada uno de nosotros pasa siete horas y media delante de la pantalla. Y, paradojalmente, el peligro que yace allí es la propensión de la mayor parte de los internautas a hacer del mundo online una zona ausente de conflictos. Cuando uno camina por la calle en Buenos Aires, en Río de Janeiro, en Venecia o en Roma, no se puede evitar encontrarse con la diversidad de las personas. Uno debe negociar la cohabitación con esa gente de distinto color de piel, de diferentes religiones, diferentes idiomas. No se puede evitar. Pero sí se puede esquivar en Internet. Ahí hay una solución mágica a nuestros problemas. Uno oprime el botón “borrar” y las sensaciones desagradables desaparecen. Estamos en proceso de liquidez ayudada por el desarrollo de esta tecnología. Estamos olvidando lentamente, o nunca lo hemos aprendido, el arte del diálogo. Entre los daños más analizados y teóricamente más nocivos de la vida online están la dispersión de la atención, el deterioro de la capacidad de escuchar y de la facultad de comprender, que llevan al empobrecimiento de la capacidad de dialogar, una forma de comunicación de vital importancia en el mundo offline.

El futuro de nuestra cohabitación en la vida moderna se basa en el desarrollo del arte del diálogo. El diálogo implica una intención real de comprendernos mutuamente para vivir juntos en paz, aun gracias a nuestras diferencias y no a pesar de ellas. Hay que transformar esa coexistencia llena de problemas en cooperación, lo que se revelará en un enriquecimiento mutuo.

Hallamos un sustituto a nuestra sociabilidad en Internet y eso hace más fácil no resolver los problemas de la diversidad. Es un modo infantil de esquivar vivir en la diversidad.

04/07/16 Reflexiones # , , , ,

El trapecista

Un buen amigo ingeniero me acerco hace unos días un artículo sobre los efectos de la inversión extranjera directa en los países en vías de desarrollo. Desarrollaba la tesis de que los fondos estacionados en deuda soberana del «tercer mundo»  no provocan una reactivación de las economías locales. Asumiendo que existe un excedente de liquidez en el mundo a falta de activos financieros sólidos y ante la evidencia de que los activos reales del planeta no alcanzan para contener la oferta, el autor no observaba dificultades para el acceso al crédito internacional por parte de las economías emergentes. Sí veía, en cambio, un problema del lado de la aplicación de los fondos. Su posición: en lugar de financiar la inversión, terminaban siendo usados en la especulación financiera, los altos sueldos ejecutivos o la corrupción.

Líneas arriba se preguntaba cuál era el origen del exceso de liquidez planetario, y como respuesta ofrecía la cada vez más agudizada brecha en la distribución del ingreso, además de las políticas monetarias expansivas de la Reserva Federal. Las personas contenidas en el primer percentil mundial generan anualmente 4 billones de dólares más que hace 10 años.

Parece haber de principio a fin un elemento común en todo el argumento, ¿no? Me refiero a la necesidad de refundar un liderazgo basado en compromisos morales. El problema de la incorrecta aplicación de fondos estacionados en activos de alto riesgo no existiría sin un brutal exceso de liquidez, lo que podría conseguirse con una mejor distribución de la riqueza o con un derrame del percentil más alto dirigido al desarrollo humano. Más aun, la mala aplicación de aquellos fondos que habrían de dedicarse a inversión extranjera directa por parte de los países receptores, sólo provoca mayor inequidad en la distribución, lo que genera mayor liquidez y entonces mayor propensión a activos volátiles.

Hace un tiempo ofrecimos en este mismo espacio algunas reflexiones sobre las ideas del sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Para él, nuestra actualidad transcurre en un «interregno». Esto es, un periodo de la historia en que las viejas reglas del juego han sido abandonadas, sin ser inventadas aún las de la próxima era. Así se genera un momento de “anomia”, como ese segundo en el que el trapecista ha soltado el agarre anterior y se suspende en el aire, a la espera del próximo que aún no ha llegado.

Este interregno, para Bauman, surge de la diferencia dramática entre las curvas de evolución de los recursos mundiales por un lado (la tecnología, el dinero, los bienes y servicios) y evolución de las técnicas y herramientas para administrarlos. Entre estos últimos, cuéntense principalmente las que devienen de las disciplinas del comportamiento, como el management, la política, la psicología o bien la especie que contiene todos los géneros: la moral.

Difícil que haya salida hasta que las experiencias no decanten en un patrón de comportamiento moral. Un verdadero sistema axiológico que oriente el uso de los recursos mundiales, que cada vez son más y cada vez se usan peor. Mientras tanto, cada uno a mirar su metro cuadrado, ese espacio de influencia en el que transcurre la vida y donde cada cual puede contribuir a acercar las normas de la nueva era, o alejarse del agarre del próximo trapecio, de una vez y para siempre.

04/07/16 Reflexiones # , , , ,
11/12/15 Reseñas # , , , ,

Globalización – Consecuencias Humanas

Globalización – Consecuencias Humanas

La tesis de Bauman es que la división de clases en la era posmoderna se da a través de la velocidad de desplazamiento de las personas (compresión del tiempo y el espacio) a partir de las redes de información.

Así como para Marx las clases sociales estaban divididas por la propiedad de los medios de producción (el Capital que posee los medios y el proletariado despojado de ellos), para Bauman la estratificación social de los tiempos corrientes se establece por la capacidad de deslocalizarse y por la velocidad de esa deslocalización.

La globalización tiene dos “movimientos” complementarios y mutuamente dependientes: permite que algunos reduzcan a cero el tiempo necesario para “trasladarse” y logren vivir así en “presente continuo”, a la vez que condena a otros al encarcelamiento de la localización, donde “el tiempo no pasa” y el espacio se impone como una restricción infranqueable.

Para comprender esta idea es necesario establecer una definición: ¿qué significa “trasladarse”? Para el autor la primera revolución de las comunicaciones se dio con el desarrollo del transporte lo que permitió que mensaje (información) y mensajero (cuerpo) llegaran a destino con mayor velocidad. En la posmodernidad, con las redes de comunicación, se da una nueva revolución que se produce a partir de la separación del cuerpo y la información. Esto permitió reducir a cero la velocidad de traslado, porque no es necesario que el cuerpo sea transportado, sino solo la información.

Implicancias:

Orden político/ económico

No hay un Estado Global al cual recurrir. Desde el fin de la Guerra Fría se perdió la “integridad” del mundo. Antes el mundo estaba dividido pero “integrado”. Era uno, con dos mitades. Con el Gran Cisma se perdió la integridad global, los problemas de administración de los estados pasaron a ser locales y el gobierno económico y político del mundo está a la deriva, siendo ejercido en “interregno” por los únicos actores que si pueden ser globales (las corporaciones y los bancos). Ellos establecen las reglas de juego globales, retiran la riqueza de los estados y dejan a los estados administrar los asuntos locales menores.

Orden social

Desintegración progresiva del tejido social local. Se rompen lazos de solidaridad orgánica local, se pierden espacios de diálogo, construcción de consenso y comunicación porque los problemas son resueltos por la tecnología global. Por ejemplo: las lavanderas de la antigüedad se reunían en el rio a lavar la ropa y mientras lo hacían establecían lazos de confianza y reconocimiento mutuo, generaban código y cultura local.

Desintegración progresiva del tejido social global: contemporáneamente la lucha entre quienes no pueden tener acceso a la velocidad de desplazamiento cero y quienes si la tienen, genera rencor y conflicto social.

Orden cultural

La organización corporativa global necesita desregulación del mercado de trabajo local. La cantidad de personas necesarias localmente para las actividades económicas es menor. Se pasó de una “Cultura de Producción” a una “Cultura de Consumo”, en la cual el trabajo humano es cada vez menos necesario y por ende la exclusión aumenta.

Esto también explica porque la función “teórica” de la cárcel como institución social cambio en el último siglo. De ser una institución con fines de “reinserción” y “recapacitación” para la incorporación de la mano de obra que el mundo requería para la “Era de la producción”, paso a ser una institución donde son “confinados” los excluidos que no están en condiciones de incorporarse a la “Era del consumo”. Esto ocurre en la “cárcel” real y también en la “cárcel” simbólica que es la “realidad local” de desempleo, marginación, pobreza, falta de oportunidades de educación y desarrollo a la cual son confinados 2,300 millones de personas (40% de la población mundial).

La “era del consumo” también estableció una nueva lógica de equilibrio y vigilancia. Se pasa del Poder panóptico, cuya intención es vigilar para castigar y corregir al Poder sinóptico, cuyo principal objetivo es lograr adhesiones voluntarias a un sistema restrictivo de control. En el panóptico el “preso” sentía la amenaza de ser potencialmente observado en cada uno de sus movimientos y producto de esto, regulaba su conducta. En la posmodernidad, el “preso” otorga información acerca de su comportamiento para tener credenciales libres que le permitan “navegar” libremente por las autopistas virtuales e ingresar a territorios controlados a través de la obtención de visas migratorias temporales. El controlado adhiere al control y solo le queda participar de la cultura global “viendo” a los actores globales por televisión o “siguiéndolos” en Twitter.

Las 2,300 millones de personas marginadas, desposeídas de la capacidad de desplazamiento se convierten en los nuevos parias de la posmodernidad. Bauman los llama “vagabundos” en oposición a los “turistas”. El rasgo distintivo de la modernidad es el movimiento. Todos estamos en movimiento según el autor. Es por eso que según como se apropie la capacidad de movimiento se define la clase. El “vagabundo” es quien, preso en la realidad local, “ve pasar el mundo” sin poder participar de él. El turista en cambio (cuya máxima expresión son los 358 integrantes de la lista Forbes que poseen igual riqueza q los 2,300 millones) es parte del” mundo que pasa” en presente permanente, por encima de todas las restricciones locales, consuma el ideal de la “plena libertad”.

26/11/15 Reseñas # , ,

Vida de Consumo

Vida de Consumo

Aclaración metodológica

Bauman aclara que la identificación de una “era de consumismo o sociedad de consumidores” y una “era de productores o sociedad de producción”, se inscribe en la definición de “tipos ideales” weberianos. Es decir, no deben tomarse estas categorías como explicaciones lineales de la realidad, sino como una modelización simplificada de ella para intentar “pensar acerca de la realidad”. Los tipos ideales pretenden sintetizar los “hechos” sociológicos relevantes, enfatizando sus rasgos comunes más que sus diferencias, para abrir juicio acerca de la “episteme” de una época determinada (el conjunto de ideas reificadas para una sociedad, lo que sus miembros asumen como natural, biológicamente dado). No deben ser trasladas como interpretación directa del comportamiento de uno u otro individuo o de todos ellos en una comunidad.

Era de productores o Sociedad de producción

La “era moderna” se caracterizó por dar lugar a una sociedad que “interpelaba” a sus miembros como “productores” o como “soldados”. Los mecanismos de exclusión de miembros de la sociedad (aquellos que no respondían adecuadamente a la interpelación social) discriminaban a las personas según su capacidad de asumir alguno de estos dos roles. Retomando la idea freudiana de que la sociedad persiste en última instancia por la represión de los impulsos individuales, Zygmunt Bauman analiza los mecanismos de coerción junto con los de exclusión, concluyendo que la modernidad implicó la ruptura con los mecanismos coercitivos de “Ley Divina”, para dar paso a la coerción a partir de la “Ley de la Comunidad” o la “Ley de los Estados”. Este mecanismo coercitivo implicó dos grandes efectos:

  1. que la “era de productores” se configurase a partir de una lógica del “sacrificio”, donde el goce inmediato debía postergarse en función de la conveniencia del conjunto, del “bien de la comunidad”.El éxito individual se consigue a través del acopio de riquezas y del ahorro.

  2. que la concepción del hombre como tal, fuera la de un “ser imperfecto”, cuyo rol en el mundo no es “respetar” la naturaleza sino “transformarla”, mejorarla y en el proceso de transformación “mejorarse” y “llegar a ser”.Esta cosmovisión es definida por Bauman como “desafío prometeico”.

El conflicto social (reivindicación de los excluidos que desafían los mecanismos coercitivos) se da a través de la “enajenación” del concepto “fuerza de trabajo” o “mano de obra”. En la sociedad de productores, la obtención de mano de obra se vuelve una variable clave para desempeñar de manera adecuada el rol socialmente apreciado del productor. Solo que el productor no posee la “fuerza de trabajo” y debe adquirirla. Para adquirirla ofrece trabajo y quien demanda trabajo (y posee la capacidad necesaria) lo vende. El conflicto se entabla a partir de que la “fuerza de trabajo” no puede ser separada de su poseedor, con lo cual la lucha de clases se establece entre:

  • la preservación de la identidad por parte de quien posee la fuerza de trabajo pero no el capital para transformarse en productor

  • la enajenación de la identidad de los trabajadores por parte de los productores que necesitan el trabajo de los otros para conservar su status social.

La mercancía (el producto de la transformación en la que intervienen el Capital y el Trabajo) “esconde” el conflicto social necesario para ser obtenida.

Era de consumismo o Sociedad de consumidores

Cuando tanto Capital como Trabajo son “enajenados”, “cosificados”, “alienados”, “negados de subjetividad”, o “transformados en sí mismos en mercancía o producto”, se comienza a establecer una nueva episteme: la de la era del consumismo. En ella, sus miembros ya no son interpelados como “productores” sino como “consumidores”.  Son excluidos quienes fallan al desempeñar el rol de consumir, no el de producir.

El “desafío prometeico” deja lugar a la “vergüenza prometeica”. Conseguida la meta de la transformación del mundo a través de sus productos, el Hombre Productor se siente “orgulloso” hasta que comprende que no ha mejorado  “el mismo” en la producción, sino que se ha enajenado,  lo que le impide “llegar a ser”, siendo incluso “su propio Producto” mejor que él mismo. Esto “avergüenza” al Hombre Productor que solo encuentra refugio “transformándose a sí mismo” en producto.  Un producto aceptado socialmente cuya misión social es consumir otros productos para seguir siendo apreciado.

Pero para consumir permanentemente deben garantizarse dos condiciones:

  • que los productos que se consumen tengan poca vida útil, en rigor que tengan duración instantánea y una metodología de desecho y disposición final autoadministrada (porque si duraran mucho o no pudieran ser fácilmente descartadas el consumidor “dejaría de ser”, al no requerir reemplazo para seguir obteniendo la prestación)

  • que los productos que se consuman no satisfagan una necesidad real (porque si la necesidad fuera satisfecha, la persona ya no necesitaría seguir consumiendo y por lo tanto su “rol socialmente reconocido” no podría ser desempeñado).

Si el “largo plazo” era el tiempo de los productores, el tiempo de los consumidores es el “puntillismo”,  un tiempo donde solo existe el aquí y el ahora y el “deseo” instantáneo de  satisfacer una necesidad que “nació muerta”, que por definición no podrá ser satisfecha.

26/11/15 Fichas Técnicas #

Ficha Técnica: Zygmunt Bauman

Nació en Polonia, en 1925. Es un sociólogo, filósofo y ensayista de origen judío. Su obra, que comenzó en la década de 1950, se ocupa, entre otras cosas, de cuestiones como la estratificación social , la modernidad y la posmodernidad, el consumismo, la globalización y la nueva pobreza. Propone que nuestra civilización está viviendo un “interregno”, esto es, un momento en que, frente a un profundo cambio de paradigma, las viejas reglas sociales e instituciones han perecido, pero aún no se han establecido las nuevas. Para generarlas, propone la reflexión crítica sobre dos aspectos esenciales que nos pareció oportuno recoger: el consumismo y la globalización.

26/11/15 Fichas Técnicas #
Desafios de la construccin