Desafíos
¿Cuáles son los desafíos del liderazgo en las empresas? Hoy y mañana. ¿Qué líderes necesitamos? En estas páginas encontrarás el puntapié inicial de nuestra propuesta y una reseña bibliográfica para alimentar la reflexión. “Desafíos” fue la idea de un newsletter primero, la de un blog después y finalmente la de una mesa de debate. Hoy esperamos que sea todo eso junto.
enero 10, 2016

La Sociedad de la Transparencia

La Sociedad de la Transparencia
Resumen articulado del ensayo de SERRA, Juan Pablo sobre. “La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han. Revista Comunicación y Hombre. 2010, nº10.

Luego de un proceso de discusión y consenso de más de cinco años, finalmente la empresa en la que trabajo decidió publicar y difundir su Código de Conducta. Tuve la mala suerte de encontrarme con La sociedad de la transparencia de Han, mientras lideraba la mencionada difusión. Será necesario recorrer las líneas que siguen, basadas en un resumen crítico de Juan Pablo Serra sobre el libro de Han, para comprender la contradicción que se me planteó entonces…

“Ningún otro lema domina hoy tanto el discurso público como la transparencia”, afirma Han. Ya sea como libertad de información, como exigencia en la gestión política, en la administración de empresas, en la regulación de los mercados o en las directrices de responsabilidad social, pareciera que hoy la transparencia es la clave para el buen funcionamiento de toda iniciativa humana. Pero es más que eso. Para Han, de hecho, la ubicua exigencia de transparencia indica un cambio de paradigma.

Todo se hace transparente cuando se inserta sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información. Y, así, la acción “transparente” pasa a ser operación, sometida a procesos de cálculo, dirección y control. El tiempo resulta transparente cuando es la sucesión de un presente disponible, sin destino ni eventos. Las imágenes se vuelven transparentes cuando carecen de profundidad hermenéutica y sentido. Las cosas en general trasparecen cuando se despojan de su singularidad y se expresan en precio. Y el mismo lenguaje se hace transparente como lengua formal, maquinal, operacional y sin ambivalencia.

El inconveniente, claro está, es que más transparencia (lingüística) no equivale a más verdad, si acaso a más abundancia informativa.

En la sociedad positiva, las cosas, convertidas en mercancía, han de exponerse para ser y desaparece así su valor cultural —el que tienen las cosas por existir— a favor del valor de exposición —el que tienen por ser vistas—.

La economía capitalista, señala Han, somete a un tipo especial de coacción, donde las cosas y el sujeto se miden por su valor de exposición. “El imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violencia”. Se renuncia a toda peculiaridad de las cosas y, así, lo esencial o invisible no existe porque no engendra ninguna atención. Lo cual, llevado al extremo, tiene consecuencias preocupantes para la vida humana, pues si el mundo se convierte en un espacio de exposición, el hábitat que construye la identidad deja de ser posible.

La transparencia, prosigue Han, va unida a un vacío de sentido, pues el sentido requiere una comunicación menos rápida y más compleja que la información y las imágenes inequívocas, a las que falta toda ruptura que desataría una reflexión, una revisión, una meditación.

“El sistema social”, insiste Han, “somete hoy todos sus procesos a una coacción de transparencia para hacerlos operacionales y acelerarlos”, incluida la vida personal. “La coacción de la transparencia nivela al hombre mismo hasta convertirlo en un elemento funcional de un sistema. Ahí está la violencia de la transparencia”.

El problema es que los rasgos que constituyen la vida en general —la espontaneidad, el acontecer, la libertad— no admiten ninguna transparencia. Ni siquiera es posible ni deseable la transparencia interpersonal, pues las relaciones humanas están vivas y son fértiles cuando detrás de toda revelación presiente y espera un ultimísimo. Para Han, a la imposición de la transparencia, de hecho, le falta la ternura que “no es sino el respeto a una alteridad que no puede eliminarse por completo”. De ahí que, como subraya con mucha lucidez, “ante el afán de transparencia que se está apoderando de la sociedad actual, sería necesario ejercitarse en la actitud de la distancia”. Ocurre que la sociedad de la transparencia es, también, sociedad de la evidencia, que quita encanto a las cosas y las hace evidentes para introducirlas en procedimientos, al precio de intelectualizarlas. Por eso, insinúa Han, la coacción de la transparencia hace de la imaginación un excedente inútil. La imaginación, según Kant, juega con las cosas en un espacio donde nada está definido con firmeza ni delimitado con claridad y no es transparente para sí misma; la autotransparencia es más bien típica del entendimiento, que no “juega” sino que “trabaja” con ideas claras.

Frente a la obsesión de hacerlo todo transparente, Han reivindica la defensa nietzscheana de la apariencia, la máscara, el secreto, el enigma, el ardid y el juego. “Hay mucha bondad en la astucia”, dirá Nietzsche en Más allá del bien y del mal. “Todo espíritu profundo necesita una máscara” porque lo completamente otro, lo nuevo, sólo prospera detrás de una máscara que protege de lo igual. Y, así, concluye Han, donde la transparencia se manifiesta como evidencia, se produce una extinción del eros, desaparece la habilidad de buscar lo otro, lo extraño, lo indisponible. La pérdida de esta capacidad erótica en el sujeto actual va unida a la presencia desmesurada de pornografía en la vida corriente, donde el cuerpo humano es reclamo para todo.

Por eso, el problema de la sociedad porno va más allá de la exposición indiscriminada del cuerpo. Es obscena la transparencia que entrega todo a la mirada, dirá Han. En cierta manera, hoy todas las imágenes mediáticas son más o menos pornográficas pues, por complacientes, les falta toda interrupción y demora contemplativa. A lo sumo, son objeto de un “me gusta” sin pasión ni comprensión. Las imágenes pornográficas, en cambio, no necesitan interpretación ni contexto cultural, son puro espectáculo sin información.

Este carácter no mediado de la imagen contemporánea habla bien del temple “ahistórico” de nuestras sociedades. “La sociedad de la transparencia elimina todos los rituales y ceremonias, en cuanto que estos no pueden hacerse operacionales, porque son un impedimento para la aceleración de los ciclos de información, la comunicación y la producción”. En efecto, sólo puede acelerarse un proceso aditivo (como la operación de un procesador, sin final) pero no uno narrativo (como las procesiones, rituales y ceremonias, que tienen un sentido, un final y un tiempo propios). Por eso, señala Han, la sociedad de la transparencia se manifiesta en su relación con el tiempo como una sociedad de la aceleración, en tanto que la coacción de la transparencia destruye el aroma de las cosas y el aroma del tiempo, que transcurre sin dirección y se descompone en una mera sucesión de presentes atomizados. “Con ello, el tiempo se hace aditivo y queda vacío de toda narratividad”.

En la recta final del libro, Han propone una causa que esclarecería el fenómeno: a menor confianza, se impone una mayor vigilancia y se exige más transparencia. “La confianza sólo es posible en un estado medio entre saber y no saber.

Confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positiva con él. La confianza hace posibles acciones a pesar de la falta de saber”. Por eso,

“Donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza… La sociedad de la transparencia es una sociedad de la desconfianza y de la sospecha, que, a causa de la desaparición de la confianza, se apoya en el control” (pp. 91-92).

La coacción de la transparencia no es, al final, un imperativo moral, sino económico, pues cuando se esfuma la confianza en el otro, la convivencia sólo es posible si sabemos en todo momento las intenciones de los demás, si sus actos son trazables y si su vida, en definitiva, está expuesta a la mirada vigilante de todos.

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